EN LAS SOMBRAS

EN LAS SOMBRAS

Se encontraba sentado en un banco leyendo la prensa. De vez en cuando, observaba a los chiquillos que jugaban en el parque, recordando cuando él era ese niño despreocupado y sin esos problemas que acarrea la edad adulta. Le gustaba estar solo, disfrutar de la tranquilidad, y compartir sus penas y alegrías consigo mismo. Según su opinión, la mejor amistad que podemos tener somos nosotros mismos, si nos sabemos apreciar.

Vio que se aproximaban dos hombres, más o menos de la misma edad. Uno de ellos de posibles, pensó, a tenor de la vestimenta que llevaba. Pero los seres humanos tendemos a engañar a la gente, o que la gente se tome un concepto de nosotros equivocado, pensó. Quién sabe, igual el que le acompañaba, ataviado con unos pantalones agujereados, era un millonetis.

Vaya hombre, pensó, espero pasen de largo. Que no quieran pararse por favor.

No se le ocurrió otra idea que soltar el diario y ponerlo encima del banco. Pero, se haga lo que se haga, nuestro querido "Murphy" siempre nos hace una visita cuando menos lo esperamos. Y así fue lo que a Santi, que así se llamaba nuestro hombre, le pasó.

Los dos hombres se acercaron al banco, Santi se hallaba con la mirada al frente, viendo a los niños, los árboles, las flores...Todo en general, o nada en particular.

-Buenas tardes caballero -le dijo uno de ellos- Disculpe, ¿le importa que nos sentemos?

Sí, ¡claro que le importaba! Pero, ¿qué podía hacer? Al fin y al cabo, estaban en un lugar público. Se lo tomó como una pregunta retórica, retiró la prensa y con un gesto les invitó a tomar asiento mientras él abría el periódico y buscaba la página de deportes.

-Y bien, ¿cómo te ha ido la entrevista? -Oyó que le decía uno de los hombres al otro.

-Pues, a rasgos generales, Andrés, creo que bien. Pero los particulares ya son harina de otro costal.

-Vamos, Luis, cambia esa actitud, con ella no conseguirás nada. Tienes para ese puesto la mejor de las titulaciones y el mejor historial laboral que nadie pueda tener. Años de experiencia te avalan, recuérdalo.

-Sí, tú lo has dicho. Casi veinticinco, para ser más exactos. No creo que estén muy interesados en ese perfil por mucha experiencia como tú dices que tengo. A decir verdad tampoco sé a ciencia cierta el perfil que buscan. Después de mí, he visto entrar a un muchacho que bien podría ser mi hijo, ¿dará el perfil para ellos un recién salido del horno? -Soltó esas últimas palabras con tono entrecomillado.

-Con ese aire de pesimismo no llegarás a ningún lado. Espero no hayas tenido esa postura en la entrevista. Y, en eso, la edad no tiene absolutamente nada que ver.

-No, tranquilo, que he seguido todos los cánones que dicta el mundo empresarial. Vamos, lo que viene a ser seguridad, mirar a los ojos a tu adversario, no cruzar ni piernas ni brazos... Dios, ¿pero dónde me veo? Quién me ha visto y quién me ve. Afortunado tú, que lo tienes todo.

- ¿A qué le llamas "todo", si puede saberse? -Replicó, en un tono al que Santi definió como molesto-. Sí, Luis sí, tengo trabajo y en estos tiempos que corren eso es, ya no para tocar madera, sino igual para llevarse este banco a casa y tenerlo como amuleto. Pero hay otras cosas más importantes. Tú tienes una mujer maravillosa, y dos niños estupendos. Sabes que yo no puedo decir lo mismo.

-Lo siento Andrés, no pretendí. Sí, igual me estoy quejando por tonterías.

Santi les escuchaba, y se decía: "pobrecitos: bienvenidos al mundo". Los hombres seguían hablando. Que ganas de levantarse y darle un buen guantazo, pensó. ¿Y si se decidía? ¿Y si se levantaba y soltaba cuatro frescas? Se preguntó de quién era la culpa de que existieran personas así. ¿De la sociedad? ¿De la clase política? Quién sabe, igual era una mezcla de los unos y de los otros. Los dos hombres seguían con su perorata. Uno, hablando y recordando ese trágico suceso. La noche, la oscuridad que todo lo envuelve, los efectos del alcohol mezclados con el verbo conducir y, el otro, consolándole. Tenía gracia la cosa, pensó, no hacía ni diez minutos era el otro el que ponía su hombro, era el otro el que intentaba animar al que habiendo adoptado una postura "pobrecito de mi, nadie me comprende" se aquejaba de no tener empleo y de que nadie se fijara en él.

Un balón fue a parar a los pies del banco y un niño se aproximó para cogerlo. Santi se agachó, cogió el esférico y se lo entregó al muchacho. El chaval se limitó a mirarle a los ojos y esbozar una sonrisa como única respuesta. Los dos hombres seguían con su perorata.

-Sí, tienes razón, debo ser más positivo o por lo menos intentarlo, pero no es fácil. Suerte que, por lo menos, Malena tiene trabajo estable. Suerte tuvo de aprobar las oposiciones, aunque su trabajo le costó, como bien sabes.

-Pero ha merecido la pena, ¿no? Oye, ¿por qué no opositas tú?

-No, no, ni hablar, no estoy hecho para eso.

-Vale, vale, lo que tú digas. Disculpe -dijo dirigiéndose a Santi-.Supongo que le es inevitable escuchar la conversación, siento si le estamos aburriendo.

-No, no, para nada -Respondió Santi dirigiéndose a los contertulios-. No se preocupen por mí. La verdad, estoy tan absorto que ni me entero, ustedes tranquilos-La realidad era muy distinta, pero qué iba a hacer a esas alturas.

-¿Algo interesante? -Preguntó, Luis, señalando el periódico que sujetaba con manos firmes, Santi, para evitar que el aire traicionero que acababa de aparecer no hiciera de las suyas.

-¿Qué quiere? Lo mismo de siempre. A decir verdad, no sé para qué me molesto en comprarlo. Si pusiera en una hucha todos los días el euro que me cuesta, con el paso del tiempo saldría ganando. Me ha parecido oír que busca empleo -dijo dirigiéndose a Luis- ¿Puedo saber de qué exactamente? Si no le importa contármelo claro.

-Pues me gustaría encontrar empleo de lo que me he dedicado desde que tengo uso de razón: las finanzas.

-Así que quiere encontrar empleo y, para más inri, de lo suyo, en los tiempos que corren. Veo que usted es de los que cree en eso de "por el mar corren las liebres y por el monte las sardinas".

-Puede. Y usted, ¿a qué se dedica? -le preguntó, con aire de interesado.

-Miro, analizo, compruebo actitudes, aptitudes, dotes. Sin ir más lejos, ahora mismo estoy trabajando.

-¡Ostras! -Intervino Andrés-. Un trabajo sentado en un banco del parque. Yo también quiero, ¿dónde hay que firmar?

-No se confunda, que nada es lo que parece -Sacó una tarjeta del bolsillo de su chaqueta se la enseñó.

-No entiendo nada-dijo, Luis, mirando lo que ponía-. ¿A qué se dedica usted? Con palabras coloquiales, si no le importa.

-Soy ojeador-dijo, señalando a los niños del parque enfrascados en la disputa del balón-. Les miro, observo, analizo y si veo alguno con posibles, ataco.

-Anda, eso resulta muy interesante-dijo, Andrés-. ¿Y de qué equipo si se puede decir?

-Oh, no, de ninguno. Yo no me vendo a nadie, y me vendo a todos. Ofrezco mi producto a todos los equipos y, luego, a los que les pueda interesar, opto por el mejor postor. No tengo manías entre camisetas, colores, escudos, sentimientos. El mundo del deporte es un negocio. Se lo digo yo, aunque muchos se empeñen en pensar lo contrario. Totalmente respetable, claro está.

-Y alguno de los jugadores que hoy en día despuntan, ¿no lo habrá descubierto usted por casualidad?

-No me gusta alardear de esas cosas, prefiero estar en la sombra. Pero, bueno, ya que le pica la curiosidad, le diré un nombre: Zacarí.

-¡Madre mía! ¡Eso es fantástico! Ese jugador es un verdadero portento. Así que lo descubrió usted- Y, ¿se gana mucho con esto?

-Hay épocas. Conseguir alguien como Zacarí es muy difícil. No crea usted que todos los críos pueden llegar y, los que llegan, al cabo del tiempo se les ve que no eran tan buenos como en un principio se pensaba. Y al revés también sucede, ¿saben? ¿Ven aquel niño de allí de la camiseta naranja y bermudas verdes?

-¿Ese que no da pie con bola, se refiere? -dijo Andrés.

-En efecto, ese. Pues, quién sabe, igual el día de mañana es el futuro Zacarí. Mi trabajo da para subsistir, nada más. ¿Saben con qué gano más? Por ejemplo, con la posible publicidad que les puedan ofrecer. No deja que, aún con ahora tener su propio representante, a Zacarí lo descubrí yo y eso me da derecho a ciertas cosas. Como a una comisión en caso de fichajes, publicidad, entrevistas, etcétera. Este mundo lo comparo yo siempre con los anuncios de dentífricos: nueve de cada diez niños se quedan en el camino y, de ese porcentaje, el número diez posiblemente no llegue ni a la mitad. Un mundo en el cual yo estoy en las sombras. Pero bueno, eso pasa también en la realidad. La vida es un sendero de luces y sombras, ¿no creen? Sin ir más lejos, usted vive una luz maravillosa con esa mujer y esos hijos, aunque por otro lado le azote esa sombra del desempleo. Y, usted, tiene esa luz del trabajo y esa sombra que se le puso en su camino truncándole su vida sentimental. En mi caso, mi existencia se basa en luces y sombras dependiendo de a donde me lleve la corriente-dijo, señalando hacia el parque-. Por eso, aprovecho todos los momentos, todas las luces que se me ofrecen. Intento que todas las velas que se encienden a mí alrededor no se apaguen, que las bombillas que iluminan mi trayecto no se fundan. Y, cuando vienen las sombras, cuando se va la corriente, cuando la cera de las velas se extingue, respiro hondo, cuento hasta cinco, hasta diez, hasta donde sea necesario, y doy gracias. No por un motivo en concreto, o a lo mejor muchos en particular. Entonces, todo vuelve a iluminarse.

-Anda -dijo Luis-, veo que es de los que ve el vaso medio lleno-. Seguro que si no fuera ojeador sería un buen psicólogo. En mi tendría a uno de sus mejores clientes, se lo aseguro.

-Todos llevamos algo de psicólogos en nuestro interior, incluso usted. Hay que saber leer algo de la mente humana, ¿no creen? Aunque lo más complicado sea saber leer la propia.

-Sí, estoy de acuerdo con usted -refirió Andrés-. Debo decir, no obstante, que en mi caso jamás me he planteado el auto leerme la mente, ni leerla a los demás.

-Pues debería, por lo menos la suya. Bueno, los dos deberían. Cerrar los ojos, concentrarse y buscar ese interruptor. Encender esa luz que les impedirá de una vez por todas y a pesar de los avatares de la vida vivir en las sombras. Porque ahí es donde viven ustedes ahora, en las sombras. A pesar que tienen un montón de luces que brillan a su alrededor, pero no son capaces de verlas. Miren en su interior y les aseguro que aparecerán. No es fácil, no se crean, pero se consigue.

Tanto Andrés como Luis escuchaban, anonadados. Cuanta sabiduría tenía. Andrés miró la hora en su reloj y le hizo señas a Luis.

-Disculpe, pero nos tenemos que marchar. Por cierto, ¿su nombre era? No recuerdo haberlo escuchado.

-Santi. Mi nombre es Santi.

-Pues un verdadero placer haberle conocido. Intentaremos que la luz de sus palabras no se funda jamás.

Y, con esas, se levantaron, Santi les dedicó una sonrisa transformada en un "yo también estoy encantado de haberles conocido" para luego verles partir. Luego, dejó el periódico en el banco, se puso en pie y se dirigió al parque. Quería hablar con la madre del niño de la camiseta naranja.

FIN