ENTRE DOS PEDALES

24.03.2020

Ahí estaba, imponente, brillado en todo su esplendor. Bueno, por algo era el astro rey, ¿o no? Y ahí estabas tú, a su merced, soportando el calor que brotaba de sus alargados tentáculos como si fuera un pulpo. No sé cuánto tiempo llevabas pedaleando, igual habías perdido la noción del tiempo. Podrías soltar el brazo del manillar, girar la muñeca, mirar tu fantástico reloj y asunto resuelto. Pero seguro que tu meta, tu fin, no era saber las horas, los minutos, los segundos...Tu meta era seguir, avanzar, no sé hasta dónde, pero seguir y avanzar.

Seguir y avanzar, no parar, porque cuando paras es el fin. En la vida sucede lo mismo, si dejas de pedalear, si te bajas de la bicicleta, adiós. Porque otros ciclistas que no han sucumbido lograrán esos fines que tú te habías propuesto, sean los que sean. Te puedes caer, hasta se da la autorización de tropezar miles de veces, siempre y cuando en todas ellas te levantes, te sacudas el polvo, te limpies las posibles heridas y vuelvas a subir a la bicicleta de tu existencia y continúes pedaleando.

FIN