EL FUTURO ES NUESTRO

Un relato de Begoña Gallego


El aroma del café inundaba mis sentidos en aquella fría tarde de otoño. El vaso de cartón calentaba mis ateridas manos. Hacía más de una hora que esperaba sentada en aquel banco del parque. Hacía más de diez años que la había visto por última vez. Ella tan guapa, tan alta, tan desgarbada, sonriente y valiente ante el mundo, yo su contrario.

Había llegado dos horas antes, no quería que me sucediese como entonces, con ella siempre había llegado tarde.

Comencé con el tercer café de esa mañana. Mis nervios no provenían de la cafeína, lo sabía, aunque intentaba engañar a mi cabeza con tan inútil subterfugio.

Diez años atrás me había negado la posibilidad de tenerla, de ser feliz a su lado. Ella había sido paciente con mis miedos, enterrando caricias en amistad, estremecimientos en escalofríos, besos furtivos en muestras de cariño, pretendiendo no querer nada de mí cuando lo deseaba todo.

Yo había fingido no querer cuando lo quería todo de ella, imponiendo censuras a nuestros deseos que nadie tenía derecho a imponer.

No había nada malo en entrelazar nuestros dedos, en recorrer los mapas de nuestros cuerpos, en ligar nuestras almas, en ser feliz a tu lado.

Tú la valiente, yo, la cobarde. Y entre ambas enterramos nuestro destino. Yo por no saber volar desplegando mis alas, por no convertir en algo más tu último beso. Tú por no poder fingir más tus sentimientos necesitando alejarte de mí para no acabar de perder para siempre la esperanza.

Y hoy aquí, después de diez años, soy yo la que te espero con anhelo, rezando por haber llegado a tiempo tras comprender que tú y solo tú eres la dueña de mis sueños.

Ya no hay miedos, solo a perderte, a no poder conquistarte de nuevo, a no saber cómo son las líneas de tu cuerpo. Miedo, miedo a que estés a mi lado y tan lejos, tan lejos como yo estuve de ti hace tiempo. Miedo a que otros labios sean dueños de tus besos.

Alzó la vista, allí estás, tan dulce, tan bella, tan sonriente, como siempre. Se ilumina tu mirada que clavas en mis ojos tristes. Estás aquí, sola, recorriendo la distancia que nos separa, rodeando mi cuello en un fuerte abrazo, como si nada hubiese pasado.

Yo, parada ante tu gesto, yo, inmóvil de nuevo. Yo, yo de nuevo, con mis miedos.

Hoy no, hoy no mandan ellos. Elevo mis abrazos, te atraigo con fuerza hacia mí sintiendo tu piel a través de las telas, sintiendo el candor de tu sonrisa. Me separo de ti ligeramente, te miro, quiero pedirte permiso pero no puedo.

Ella descifra mi mirada, vuelve a ser valiente, busca mi boca con su boca. Hoy no, hoy no mandan los miedos. Ato mis labios a sus labios sin querer separarme ni un momento. Jadea, sonríe. Acaricia mi rostro con sus trémulos dedos.

En este momento lo comprendo, comprendo que mis miedos y prejuicios me habían robado diez años de mi vida, comprendo que nunca más nada ni nadie salvo yo decidirá sobre los designios de mi corazón, que el futuro es nuestro.

FIN