BIENVENIDA A CASA

19.09.2020

Podría creer que tú me trajiste a este momento, una tarde gris en medio del caos de la ciudad, levantando mi brazo con una maleta en la mano para llamar la atención de unos ojos anónimos en medio de la multitud. Querría creerlo a pesar de tu ausencia y, aunque no es del todo cierto, este pensamiento tiene algo de realidad.

Tú, tu ausencia, el vacío que dejaron tus cenizas esparciéndose por el viento que agitaba las olas en aquel escarpado acantilado, fueron el inicio de todo. Allí, con mi pose de estatua con la mirada perdida, ante la imagen de un sol jugando al escondite con el horizonte, ocultándose bajo sábanas de agua, sal y arena, el pensamiento de cumplir un sueño compartido por dos corazones latiendo al unísono, comenzó a gestarse en la soledad que desde ese momento amenazaba con inundar mis días.

Así que sí, realmente tú me trajiste a este momento varios años después de tu partida. Me trajiste a esta calle rodeada de desconocidos, pelando codo con codo por llegar a su lado con una impaciencia creciente en mi pecho con cada paso que me acercaba a ella. Tantos años de espera se hacían cortos ante los interminables metros que nos separaban.

Tres pasos, dos pasos, un paso, el ansiado abrazo. Me mira con la sorpresa dibujada en tu rostro. Alza la mirada desde la mano que la sujeta hasta la cara de quien la acompaña, que con gesto afirmativo responde a la pregunta callada. Se deshace de la cárcel de su mano, vuelve a mirarme, sonríe, me abraza.

Y ante la fuerza de tu abrazo de mi boca tan solo se escapan cuatro palabras en suave hilo de voz ahogadas por el llanto: "Hija, bienvenida a casa".